lunes, 22 de octubre de 2012


2013: Año Cero

Septiembre siempre ha sido un mal año. Que si la vuelta de vacaciones donde nos hemos excedido en todo (gastos, alcoholes, ágapes, siestas, noches, exposición al sol, sedentarismo…), que si hay que volver a trabajar, que no tengo ganas de volver a escuchar las historias de mi vecino, que si me había ya olvidado ya de las albóndigas del menú de 8,90€ que me repetían toda la tarde, que si yo que se. Y a este año se le añaden hechos como la subida del IVA,  preocupaciones sobre la situación economicopoliticafinacierasocial y la incertidumbre, al menos para los que vivimos en Catalunya, de cómo demonios va a acabar este lío en el que los políticos nos han metido. Sobre este último tema a mi me coge un poco indiferente. Como hijo de inglesa y canario, nacido en Madrid, criado entre Ibiza y Barcelona y con varios años en mis espaldas viviendo fuera, estas cosas no las entiendo mucho porque entre otras cosas siempre he creído que la diversidad es riqueza.

Así que estás ya en  la oficina y notas que hay poco ruido ahí fuera. Más bien reina el silencio. Bueno, te dices, hasta que no empiecen los colegios esto no se mueve. Pero pasan lo días y si abres la ventana y gritas “Hola!” ni en eco te responde.

Y empiezas a pensar. Y darle vueltas. Y esos pensamientos ocupan cada vez más espacio mental.  Llego a casa, hago terapia. Me voy a correr. Y cuando vuelvo, la situación aún siendo la misma, yo la veo diferente.

Y esa es la clave. Por que lo importante es lo que parece, no lo que es. Porque lo que parece hace que sea, al menos en tu mente. Y como sabemos todos los que nos dedicamos a esto,  se trata de conquistar mentes.

Pero volviendo al problema, a la situación que nos ocupa. ¿Cómo acabar dignamente el 2012? Y sobre todo…¿Qué va a pasar en el 2013?

En mi modesta opinión en 2012 está hecho. Me refiero a que si no tienes el 80-85% de tu presupuesto hecho, malo. Hombre siempre pueden caer esos proyectos “lotería”: trabajas tres semanas e ingresas por tres meses. Pero de esos cada hay cada vez menos. Por tanto hay que mirar hacia delante.

El 2013. El año en que todo vuelve a empezar. El año para que el gobierno ha anunciado los presupuestos más restrictivos de la democracia. El año en que ya estaremos rescatados (o no Sr. Rajoy?). El año en que no hay Eurocopas, Mundiales ni JJOO (por lo tanto, sin analgésicos sociales). El año que acaba en número gafe. 

¿Que hacer entonces? Nosotros nos lo planteamos así:

-       Hay que aguantar dignamente. Y eso quiere decir, sin perder la compostura, la dignidad ni sobre todo, el posicionamiento.
-       Porque…¿tú tienes un posicionamiento, no? O ¿eres de los que dice “Yo te lo hago todo”
-       Hay que ser prudentes pero firmes, atentos y rápidos. Seguros de si mismos sin ser arrogantes. Optimistas y realistas. Y siempre con sentido del humor.
-       Seguir cuidando el trabajo. El detalle. El mimo. El cuidado. Porque eso es lo marca la diferencia: la pasión en cómo se hacen las cosas.
-       Comer sano, dejar de fumar, hacer ejercicio, leer libros, ver menos futbol, andar, preguntar más y escuchar mejor. Y dejar los problemas en la oficina.

No se cómo terminara todo esto, pero lo que tengo claro es que seguiremos empujando (pico, pala, pico, pala, …) hasta que no queden fuerzas. Y cuando se acabe, we’ll keep walking.

jueves, 9 de febrero de 2012

2012: El dolor será inevitable pero el sufrimiento, opcional.


Anunciaba hace unos días el FMI que España está jodidamente jodida. En el 2012 se esperaba una recesión (ir para atrás) de -1,7% y para el 2013 del -0,3%. Total, -2,0% en un par de años. Por si fuera poco, el déficit para 2012 y 2013, dicen estos señores, será del 6,8% y del 6,3% respectivamente. Y ayer Don Mariano predecía un año malo, muy malo. Eso sí, sin decir qué iba a hacer para que fuese un poquito menos malo. Vamos que el que no emigra es porque no sabe idiomas (aunque eso se aprende) o porque la familia o la hipoteca no le dejan.

Son augurios preocupantes aunque todo sea dicho, esas brillantes mentes del FMI junto a las renombradas agencias de calificación no supieron predecir allá en 2006 la que se venía encima así que quizás se equivocan de nuevo. Y si a eso le unimos que quizás Rajoy está muy callado porque está pensando en la gran solución, pues quizás quede todo en menos.

Pero más allá de las estadísticas, que están para que nosotros las cambiemos e interpretemos a voluntad, está el pulso emocional de la gente de la calle. De los taxistas, de las pescaderas, de los abuelos en los parques, de las profesoras de la guardería, de los camareros, de la gran masa que forma el grueso de la población. La gente que recibe cada día malas noticias. Sólo las victorias de nuestros deportistas parece compensar el aluvión de pesimismo y hacer más llevadero el día a día. Aunque nuestros vecinos se empeñen en desacreditar a nuestros deportistas (Pobrecillos debe ser muy duro organizar la mejor carrera ciclista de mundo y unos de los mejores torneos de tenis y que ninguno de sus “fills de la patrie” lo ganen nunca)

De acuerdo. Estamos muy mal. Y ahora qué? Porque por mucho que nos sigan bombardeando con esas noticias terribles, todavía  estoy esperando a que me den noticias de apoyo, de ilusión, de esperanza. Porque lo que de verdad necesitamos es CONFIANZA. Y digo confianza porque capacidad, la tenemos.

Y aquí puedo poner por ejemplo una experiencia personal. Tras acabar la carrera y cuando ya llevaba tres años trabajando, decidí trasladarme con mi pareja a vivir a Paris. Me iba con un sueldo un 30% más bajo a una ciudad un 30% más cara. No sabía bien, bien cuál iba a ser mi trabajo. Y por si fuera poco no sabía hablar, no digamos escribir, francés. El primer día que llegué a la oficina, me metieron en una reunión en la que además de no entender nada, me quedé solo en la sala en cuanto esta acabó porque no sabía ni donde debía ir. Jajaja, todavía me acuerdo. Durante dos semanas me dediqué básicamente a ordenar libros, carpetas, videos, etc. Cuando llegaba a casa y mi pareja me preguntaba “Qué tal ha ido hoy en la oficina” contestaba con un escueto “Bien, mucho movimiento…” y cambiaba de tema. Y al acostarme por la noche, ya con las luces apagadas me cagaba en todos las razones y motivos que me habían hecho aceptar venir a Paris habiendo dejado atrás mi trabajo y calidad de vida española. Pero eso no podía durar siempre. Y no porque era injusto o porque mi madre iba a llamar a director general de la empresa para decirle lo mucho que valía. No. Cambió cuando pude explicar que yo sabía, quería y podía hacer mucho más de lo estaba haciendo. Cuando entendieron que no estaba allí haciendo prácticas de 3 meses, que tenía una carrera y un master, que hablaba inglés muy bien y sobre todo, que tenía la confianza y determinación para aceptar más responsabilidad, ellos ganaron un activo para la compañía. Y yo un verdadero trabajo. A los tres meses era director de una cuenta internacional. A los dos años volvía a España con una mayor responsabilidad. Y bueno, luego pasaron otras cosas que no vienen a cuento.

Lo que sí tuve muy claro en esas semanas en galeras era que yo valía tanto o más que la gente que estaba a mi alrededor, y que además si lo demostraba hablando una lengua que desconocía dos meses antes, eso me daba ventaja añadida. Tenía confianza en mi mismo. Y también muchas dudas. Pero ambas cosas son compatibles.

Esa fue la primera de varias experiencias internacionales que he tenido. Y todas me han confirmado que aquí estamos tan o mejor preparados que los de fuera. Eso sí, tenemos un desventaja: la autocomplaciencia. Ese mal tan extendido aquí nos va a matar a todos. Porque no es la envidia nuestro problema, es la maldita autocomplaciencia. Son esas expresiones ridículas que dicen “Es que como aquí no se vive en ningún sitio” o “aquí sabemos vivir muy bien”. O “yo sin sol no puedo vivir”.
Son esas situaciones en las que aceptas vivir del paro porque por un poquito más vivo un par de años sin hacer nada, luego sirvo copas en el bar del amigo y luego ya veré. O seguir en tu puesto de trabajo, que odias desde hace tiempo, pero del que no te mueves porque estás absolutamente convencido de que la te has ganado los años trabajados x 45 días de indemnización. Y ahí estás siendo improductivo, involutivo, insatisfecho. O dejar escapar el sueño de tener tu propio proyecto porque perderías el coche de empresa, plan de pensiones.

Viene tiempos duros, tan duros que sólo los mayores recordarán algo parecido. Pero estamos preparados y podemos superarlo. Y saldremos más fuertes de esta…seguro!

martes, 17 de enero de 2012

Carta a los Reyes Majos (y II)

 
Queridos Reyes,

Y aquí la segunda parte de mi carta:

- Me gustaría que todos fuésemos un poco más profesionales y rigurosos en nuestro trabajo. Que fuésemos conscientes que ya no podemos llegar a una reunión con cuatro ocurrencias. Que hay que investigar, pensar, contrastar, escuchar, validar, preparar y presentar bien.

- Me gustaría que fuésemos honestos y transparentes con nuestros clientes y con nosotros mismos.

- Agradecería que existiesen unas normas de conducta o código que nos beneficiase a todos. Cosas tan sencillas como concursos mínimamente remunerados, número máximo de participantes en los concursos, plazos de pago máximos, garantías de pago…

- Desearía que las agencias tratasen con respeto a sus empleados y colaboradores, que les diesen un sueldo digno acorde al trabajo que hacen, que pagasen a sus proveedores en el mismo plazo en que ellas cobran de sus clientes.

- Me gustaría fuésemos más audaces y empezásemos a vender nuestra creatividad fuera de nuestras fronteras. Que nos sacudiésemos los complejos y miedos y diésemos a conocer al mundo lo que somos capaces de hacer.

- Que ser bueno creativo, o estratega o gestor no nos convierta en un cretino insoportable. Ego lo tenemos casi todos pero a algunos les sienta peor que a otros.

- Pediría que luchemos por lo que valen las ideas, no sólo por el trabajo realizado que hay detrás si no también por el valor que generan.

- Me gustaría que el publicitario no fuese un sector tan cerrado, que brinda tan pocas oportunidades a los desconocidos que empiezan que aunque tengan talento no tienen padrinos.

- Pediría que hubiese más líderes en la agencias, capaces de motivar a sus equipos, de explicarles por qué se hacen las cosas. Que se impliquen el trabajo y sean capaces de, no sólo identificar una buena idea y hacer que sus equipos la desarrollen lo mejor posible, si no también que compartan el éxito con ellos.

- Y por último, queridos Reyes, os pediría que todos los profesionales con los que lleguemos a colaborar, piensen después de hacerlo que ha valido la pena trabajar con SantaMarta.

Gracias y feliz 2012. A todos.


Pablo Zea

jueves, 5 de enero de 2012

Carta a los Reyes Majos

Queridos Reyes,

Esta es mi carta:

- Me gustaría que cuando le envíe un email a un nuevo cliente, obtenga una respuesta. Porque si no la obtengo puedo llevarme una impresión equivocada de él como que no tiene tiempo (se organiza mal), no le interesa (cosa extraña si no me conoce) o simplemente no lo hace porque no puede hacer nada (entonces pienso que no tiene el valor de decirlo). Y esa no es mi intención.

- Me gustaría que los clientes con los que trate, lo hagan con el mismo respeto que yo les doy a ellos.

- Agradecería que evalúen nuestro trabajo de manera objetiva, y que evitasen en lo posible utilizar expresiones "me gusta" o "esto no funcionará" sin detallar porqué.

- Desearía que las marcas confíen en aquellos que nos dedicamos a esto de verdad. Esto es, con rigor, pasión y determinación. Y que lo hagan sí y sólo sí porque les hemos dado razones convincentes para hacerlo.

- Me gustaría que cuando un posible cliente vea un trabajo nuestro y lo encuentre muy bueno, sea capaz de entender que el cliente que a su vez aprobó ese trabajo confió en nosotros y tuvo el valor de hacer algo diferente y original. Porque es fácil emitir juicios sobre trabajo acabado y aprobado por otros.

- Me gustaría que los anunciantes (marcas) pensasen más a medio y largo plazo, que pensasen un poco más en la marca que gestionan y poco menos en el informe trimestral de resultados, que analizasen si la sobreexposición de publicidad mediocre es más efectiva que la exposición de buena publicidad.

- Pediría que cuando me den la mano, lo hagan con firmeza y mirandome a los ojos. A las damas, sólo les pediría lo segundo. Que cuando busquen una idea creativa para solucionar un problema de comunicación lo hagan con la mente abierta. Que cuando aprueben una campaña lo hagan con conocimiento de causa.

- Me gustaría recordarles que si han contactado y están dispuestos a trabajar con nosotros, es porque quieren algo diferente y no lo mismo que han venido haciendo hasta ahora. Porque hacer lo mismo es obtener lo mismo.

- Les pediría que me expliquen sus necesidades, su ambiciones, sus frustraciones, sus limitaciones. Sólo entendiendo el problema en su totalidad, se pueden dar soluciones en su globalidad.

- Y por último, queridos Reyes, os pediría que todas las marcas con las que lleguemos a trabajar con nosotros, piensen después de hacerlo que ha valido la pena trabajar con SantaMarta. Para bien o para mal.

Gracias y feliz 2012.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Etiquétate que no entiendo qué eres



El viernes pasado, estábamos cenando con unos amigos, y en un momento dado empezamos a hablar de trabajo. Cosa bastante habitual independientemente de la situación actual. Y cuando hay un emprendedor en la mesa, los trabajadores por cuenta ajena suelen interesarse por cómo te van las cosas. Supongo que por eso de que a muchos se le ha pasado por la cabeza la idea de lanzarse a la aventura e intentar montar su propio negocio.

Pues bien, ahí estaba yo diciendo que si la cosa está dura, que todo es muy lento, que si en Madrid es así, que si en Barcelona es asá…hasta que en un momento dado, la mujer de un buen amigo me hace la pregunta del millón: “Pero vosotros, ¿qué sois?” .  Parece una pregunta simple y directa, que debería tener una respuesta también simple y clara. Al fin y al cabo, la respuesta a esa pregunta (junto con el “A qué nos dedicamos”) es lo que define el posicionamiento de SantaMarta. Pero esa pregunta no es tan fácil cuando no hay un etiqueta que te defina.

Hoy en día todo está clasificado y todas las cosas, animales, personas, líneas de pensamiento, religiones, todo, tiene su etiqueta. Es la forma que tenemos los humanos para identificar, buscar, jerarquizar, clasificar. La etiquetas las forman una combinación de información y sobretodo impresión/opinión.

Volviendo a tema que nos ocupaba. Empecé a describir la agencia. Dije algo así como: “Somos una agencia de publicidad que cree en las conexiones emocionales entre marcas y anunciantes. Nuestra visión o mantra es ayudar a construir marcas que la gente quiera que existan, y lo hacemos a través de la publicidad, en el sentido amplio de la palabra”. Como creí que prestaba atención y parecía interesada (hay que aprovechar esos momentos en la vida amigos porque la mayoría de las veces las palabras se las lleva el viento) seguí hablando: “En SantaMarta creemos que la publicidad sirve para crear impresiones positivas de las marcas en los consumidores, impresiones que puedan provocar una reacción positiva también hacia la marca. Y para ellos lo que hacemos es buena publicidad. Publicidad que gusta ver, que no molesta, que es bonita, agradable, que divierte, interesante. Publicidad que conecta”. Me salió todo de rodillo, la verdad, y creía que había quedado claro. Pero fue entonces cuando llegó la pregunta definitiva: “¿Pero qué sois, una agencia online o tradicional?”.  Malditas etiquetas, pensé yo.

Toda esa conversación hizo que se activase en mi un asunto que lleva tiempo dando vueltas en la cabeza de Fernando y la mía: Cómo definirnos de una forma clara y sencilla sin caer en definiciones convencionales. Y cómo nuestro posible cliente le parece interesante la propuesta que hacemos.

Algún cliente con el que hemos trabajado dice que tenemos un gusto exquisito en la forma de producir y plasmar las ideas.

Otro dijo en una ocasión que poníamos una pasión y amor al trabajo que se transmitía en el resultado hecho para la marca.
En una presentación que tuvimos con un cliente de esos para el que siempre te gustaría trabajar, dijo que le encantaba la forma cómo pensábamos y que la dirección de arte era maravillosa.

Otro conocido, muy ducho en la planificación estratégica (algo poco valorado en este país) nos decía un día que hay pocas agencias (personas) que tuviesen la experiencia nacional e internacional, desde el ángulo de agencia y también de anunciante, y sobre todo experiencia en manejar marcas grandes y complejas.

Bonitas palabras dirá alguno. Y qué vago, diría otro. Hace falta ser más preciso.

Dicho todo esto, he estado pensando y creo que la solución podría pasar por intentar definirnos de una forma lo más simple posible sin entrar en los convencionalismos.

Hace un tiempo la ya desaparecida Casadevall & Pedreño, creó un anuncio con el siguiente titular “Vuelva a creer en la publicidad”. Me pareció genial.  A mi gustaría decir ahora algo así como “Siempre hemos creído en la publicidad. En la buena publicidad”.

Quizás soy algo iluso o simplón, pero realmente creo en eso. Y aunque hoy en día parezca que decir que somos una agencia de publicidad está en desuso, la verdad es que lo que mejor sabemos hacer es publicidad. Porque muchas compañías siguen necesitando que alguien explique a los consumidores lo buena, conveniente o satisfactoria es su marca con la misma pasión y cariño con que ellos la han creado o gestionado. Porque al fin y al cabo, de eso se trata. De creer. Cree el anunciante, cree la agencia y debería creer el consumidor.

Al mismo tiempo, soy el primero en decir que el mundo digital y en especial la reciente irrupción de las redes sociales, ha cambiado la forma de conectar con el consumidor, y por tanto de hacer los planes de marketing. Pero no exageremos, no lo ha cambiado todo. Se ha añadido una nueva(s) plataforma(s) para llegar a ese consumidor de una forma que antes no era posible, con unas nuevas reglas de juego. Perfecto.

Pero no matemos a la publicidad. Porque sigue siendo una gran herramienta de construcción emocional de una marca en el consciente/inconsciente de nuestro consumidor.


El caso de los casos

Artículo publicado en Anuncios el 2 de Mayo


El caso de los casos

Llega la primavera. Llegan los brotes verdes (los de verdad) y los días empiezan a ser más largos. Llegan las alergias, la ropa con olor a naftalina que ha invernado en armarios. Llegan los festivales. Y con ellos llegan los casos prácticos.

Estábamos hoy en Madrid comiendo con un amigo (menú diezeurista) que trabaja en una reconocida multinacional de la publicidad. Entre primero y segundo ha salido el asunto de los casos y la cantidad de tiempo que se dedica en algunas agencias a explicar de la forma más resultona posible lo que de por sí debería explicar la propia campaña. Horas y horas para justificar, perdón, exponer porque esta campaña que hemos hecho, partiendo de un briefing tan complicado, en una situación tan difícil, como ha conseguido unos resultados tan estupendos con unos costes tan contenidos. Y evidentemente, con un retorno de la inversión tan elevado.

Los casos prácticos. Una consecuencia más de la dinámica de este sector. Y no se trata de que esté en contra de los casos en sí mismos, si no más bien en la tendencia actual de convertir cualquier pieza de comunicación en un caso práctico, con todo el derroche de energía, tiempo y recursos que ello implica para la agencia.

Recuerdo que en una agencia en la que trabajé había una gran presión en convertir cualquier campaña que creíamos buena en un caso práctico para vender a los nuevos clientes. Se creía que si éramos capaces de explicar el problema, la solución y los resultados de una forma sencilla y contundente, el cliente percibiría mucho mejor las virtudes de la agencia, y le ayudaría a convencerse de que no sólo éramos creativos sino también éramos capaces de hacer creatividad eficaz. Porque creatividad eficaz es lo que todo el mundo quiere. Es como el amor con sexo. ¿Quién va a decir que no a eso? Hacer el amor y quedarte abrazado después.

Pues bien, lo que en la teoría sonaba muy bien, en la práctica era un verdadero infierno. Buscar y juntar toda la información de la campaña, pedir a los clientes más información, material producido, apariciones en prensa, opiniones  de los participantes, resultados demostrables de la campaña. Pero eso era lo fácil porque lo divertido empezaba cuando había que hacer el caso en sí. El guión del caso. Ponerse de acuerdo en el guión, previa participación del departamento de cuentas (sí, ya se que ahora ya no se llama así…), creativo, planning (si lo hay) y creativo. Luego hecho el guión, producir si fuese necesario y montar, y postproducir que siempre es necesario. Y cada lunes en la reunión de tráfico se preguntaba “¿Cómo va el caso X?”.  Y por fin, una vez que estaba acabado, se enviaba al cliente para que lo aprobase.

Pero todo eso, con algunas excepciones, tenía sentido, porque al final se trataba de una herramienta eficaz para conquistar clientes.

Pero un día alguien dijo. “Coño, el jurado X del festival Y no ha entendido nuestra campaña. Por eso no nos han dado el premio. Hay que hacer un caso para que entiendan la campaña”. Y así empezamos a perder el tiempo en hacer casos para intentar ganar premios en festivales de creatividad publicitaria. Horas y horas de talento dedicadas a justificar algo que se hizo y que en teoría funcionó. Con el objetivo de ganar premios. Premios que sirven para decirles a los clientes “mira qué creativos somos”, y ganar así más clientes y más casos.

Pero además ocurre otra cosa muy grave.  Y es cuando el caso supera a la idea. Me refiero a esas ocasiones en que un proyecto con una idea que estaba bien pasa por la maquinaria interna de la agencia y se convierte en una acción increíblemente buena. Si el caso-ficción supera a la idea-realidad.  Una de esas cosas que dices “¡Joder (perdón) esta acción ha sido la bomba y yo ni me había enterado!”. Y entonces gana un montón de premios y menciones. Y a ti se te empieza a quedar la cara de tonto y empiezas a pensar que si no hay gato encerrado.

Yo estoy un poquito cansado de los casos. Y lo estoy porque soy escéptico. Porque he visto que una campaña que se hizo para un público objetivo diminuto durante un día concreto, se vende como un gran ejercicio creativo de resultados increíbles. La campaña de la campaña, vamos. Y es que hoy en día un buen creativo con un montador hábil te convierte una campaña tostón en un ejercicio singular de persuasión de marca . No me los creo, la verdad. Además ¿cómo se audita esa información? Hombre si viene el publicista de la campaña de Obama y te cuenta cómo lo hicieron, seguro que me parecerá muy interesante y además estará hecho de una forma perfecta, combinando claridad, tempo y estética. Pero hacer un caso de un trucho, como he visto, me parece aberrante.

Yo creo en el propio trabajo. En el pensamiento estratégico que se ha hecho para llegar a una idea. En la forma en como se expresa esa idea. En como se ejecuta y se  amplifica. Y por supuesto en los resultados de la misma.

Creo que debemos volver a los orígenes de esta profesión. Volver a creer que lo que hacemos sirve para ayudar a construir marcas o potenciar negocios. Volver a creer en lo que hacemos, porque si nosotros no nos lo creemos ¿cómo lo van a hacer nuestros clientes?

Pablo Zea
www.santa-marta.com

jueves, 24 de marzo de 2011

Ámame o déjame


Artículo publicado en la revista Anuncios el 14 de Marzo del 2011

Cada vez más furgonetas blancas con un logo verde circulando por la ciudad. Cada vez veo más vecinos de escalera subiendo sus compras en bolsas transparentes. Y ya son pocos los que se sonrojan cuando afirman que hacen su compra diaria en cadenas de supermercados que priman sus propias marcas blancas.

Es más. Parece que este cambio es una de las etiquetas sociales que nos ponemos para mostrar que nuestra consciencia ha cambiado. Y que ahora somos más racionales en cuando a decisiones de compra se refiere. Algo absolutamente lógico dado la situación actual.

Pero la clave aquí es conseguir que precisamente mi marca no sea una de las sacrificadas por mi racionalidad. Lograr que aunque llueva crisis, sople incertidumbre y truene el empleo, mi marca sea la excepción a la regla. Y ese es uno de los retos que todas las agencias que vendemos valor añadido debe aceptar y superar.

¿Cómo resolver uno de los mayores problemas a los que se enfrenta hoy en día una marca de gran consumo, desde un punto de vista de la comunicación comercial?

Podemos comunicar que nuestra marca investiga más y mejor que las marcas blancas, pero el consumidor puede creernos o no, y además es difícilmente demostrable a corto plazo.

Podemos decir que no fabricamos para otras marcas, o dicho de otra manera, lo que nosotros te ofrecemos no te lo ofrece nadie más. Pero esa exclusividad ¿es realmente relevante para consumidor?

Podemos empezar una guerra ética sobre las condiciones con las que trabajan las empresas de marcas que producen marcas blancas en pos de tener precios tan bajos. Pero eso es una caja de Pandora que no creo que nadie quiera abrir.

Podemos bajar nuestros precios y tratar igualar la ventaja competitiva de nuestra competencia blanca, pero bajarán nuestros márgenes. Y difícilmente llegaremos a los niveles de las marcas blancas.

Podemos vivir en la promoción continua. Pero acabaremos dependiendo de ella para vender lo mismo. A mayor coste.

Pero hay una cosa que podemos intentar.

Podemos volver a conquistar a nuestro consumidor. Podemos hacerle escuchar, fijarse, sonreír, pensar, sentir…y a la fin, reaccionar.

Porque, a mi parecer, aquí esta la clave. La conexión emocional entre marcas y consumidores. Esa pequeña, mediana, grande pizca de amor que debe sentir el cliente cuando está frente al lineal y que provoca que el corazón haga callar a la razón por una vez cuando estamos decidiendo qué producto elegir.

Buenas campañas pueden ayudar a que yo elija esa cerveza porque me ha hecho sentir que ya ha llegado el verano.

O desear saber más e incluso probar ese coche porque me dejó impresionado una serie de cortometrajes que vi en Internet. 

O plantearme usar esas zapatillas porque una pancarta en un balcón me ha hecho que darme cuenta que corredor es el que corre.

O ir a un banco a informarme sobre un depósito en determinado banco porque tres páginas consecutivas del periódico que leo habitualmente me llamaron la atención, volví atrás, y me dejó pensando “Publicidad inteligente la firma gente inteligente”.

O empezar a utilizar un body spray porque envié un tweet preguntado algo al protagonista de la campaña y horas después me contestó él personalmente a través de un video en youtube.

Y mucho más.

La publicidad (en todas su forma y denominaciones) sigue teniendo sus limitaciones pero hay un aspecto en la que sí ha probado su eficacia: ayudar a construir marcas en el tiempo. Y si bien su efectos pueden ser diferidos en el tiempo (sólo se me ocurren su eficacia inmediata en el caso de comunicar lanzamientos o promociones), tiene esa capacidad de no sólo trabajar el consciente sino también el subconsciente. Poco a poco va dejando capas y ayuda a hacer aflorar sentimientos. Y eso se traduce en reacciones.


Ese es nuestro reto. Cortejar y enamorar al consumidor para empezar una bonita relación. ¿Cuánto durará? Hasta que dejes de amarme, cariño.